martes, 2 de septiembre de 2014

Abrazar fue siempre verbo necesario.

Inútil decir más.
Nombrar alcanza.

I. Vilariño.


Érase una vez
el más verde bosque desconocido
de esta madre tierra;
en su vientre
un árbol,
de nombre llorón
y de apellido faro.
Óyeme,
no te avergüences de tus galas
de llanto perenne,
y engalana tus veintiséis ramas
con el fruto de tus nobles manos.

Tu destino podría ser
el pálpito herido
de una brújula desencontrada,
sentimiento inerte
en corteza de acero protegido.
Quizá una bicicleta,
una plaza.
Quién lo sabe.

Mas tu vida
–óyeme desde aquí adentro–
es rama fértil,
capaz de dar a luz
el sueño,
la fuerza.
El amor.
Todo cuanto tú quieras que sea
hazlo tuyo beso a beso,
palmo a palmo,
comparte con ello tus pulmones;
verás que respirar,
al fin,
no es tan difícil.
Y haciendo de tus brazos hojas
envuelve al viento
y tu coraza
con el mismo orgullo,
cariño y tesón
con que te reflejas
en éste,
mi espejo.

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