martes, 13 de noviembre de 2012

Trece de noviembre y martes.

tejiéndose los delirios pasaba los días, encadenándose por dentro.
trataba de convencerse de que aquello era el mero resultado de rutinas vanamente compartidas a destiempo, que el reloj fue siempre un sabio juez de cada paso y ella un alma fugitiva.
se alimentaba de otras pieles, de otras manos, de otras casualidades de ciudad.
se hacía bosque y enramaba sus ojos y sus labios, ya no había forma de desencadenar siquiera un intento de cordura bajo ese manto febril y quebradizo que conformaban sus huesos.
las mismas pieles y las mismas manos que ahora yacían muertas en la casa.
fue inmensidad hasta que los espejos le estallaron en el pecho, hasta que esa enorme herida que era ella misma volvió a abrirse para sangrar todas las paredes del recuerdo.
al final no fue más que una fiel sierva del tiempo.
mirábase las manos:
heladas,
imposibles,
descosidas,
sosteniendo acaso un pedazo de realidad entre ambas palmas como aquel puente que siempre quiso cruzar, pero que siempre terminaba hundiéndose. pues un puente nunca podía sostenerse de un sólo lado y ella era ya una experta en nadar las lluvias de la pérdida.
pero el olvido fue más fuerte y le ahogó el deseo de nacerse de nuevo.

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